La importancia de llamarse Ernesto…

Estaba yo el otro día pensando en las cosas livianas de la vida, cuando me llegó a la memoria un suceso trivial. Hace algunos años, un grupo de botánicos contumaces y luchadores consiguieron hacerse un huequecito en eso que era el “desierto” de la investigación de la naturaleza en este país.

Por aquella época no era yo más allá de un pipiolo, sin desmerecer al pipiolo que sigo siendo. Estos botánicos contumaces y luchadores empezaban a publicar, no sólo en las revistas de doctos, sino en libros de esos que uno compra en las librerías, para estímulo de nuevas hornadas de botánicos contumaces y “botaniquillos” aficionados.

En una de esas publicaciones, se mostraban en cuadrículas UTM de 10X10 Km. las ubicaciones de las especies que se enumeraban con puntos gordos. Aquello era un tiro al pichón, y como la cuadrículas estaban más blancas que negras, casi cualquier planta se podía añadir a la lista de cuadrículas en las cuales no estaba constatada su presencia.

Durante mis paseos y mis lecturas pude toparme con algunas cositas.
En cierta ocasión, en la primavera temprana de 1985 me encontré una Primula que no pude identificar. Cuando conocí a estos botánicos contumaces y luchadores en 1986 les comenté mi descubrimiento. Me dijeron que había dado con un híbrido de Primula elatior y P. vulgaris. Ellos ya tenían localizados algunos en sus cuadriculas, y al comentarles si querían apuntar la mía me dijeron que era una pequeña cosa demasiado trivial para considerarse, que era un pequeño juego de la naturaleza.

Poco después lanzaron un catálogo florístico de la flora de la comunidad autónoma correspondiente. En ella me fijé que una “mala” hierba, la Oxalis latifolia, ocupaba toda la franja cantábrica, al norte de la comunidad, indicándola como muy abundante. Sin embargo no la citaban en la franja tras la divisoria de aguas. Les hice un comentario al respecto. De como mi abuela estaba hasta el gorro de luchar contra ella en su huerta de la vertiente sur de las aguas, pero ellos me dieron a entender que, como era una mala hierba invasora procedente de no sé dónde, no tenía mayor importancia.

En la primavera de 1987, en un paseo por la zona minera descubrí los restos de una cantera a cielo abierto para extracción de mineral de hierro que después se utilizó como vertedero de la propia explotación. Pero la cantera contenía un paisaje especial. Estaba orientada al sol del mediodía y de la tarde. Era un lugar especialmente cálido y una planta lo cubría a sus anchas de forma casi monoespecífica. Era una lavanda, la latifolia para ser más precisos. Cuando les comenté lo singular del paisaje, incluyendo que coincidió mi visita al lugar con la presencia de una hermosísima collalba rubia, ellos me comentaron que se debería a una actuación de recuperación paisajística, recuperación que de hacerse se debería haber hecho en aquellos años, en que como mucho, se plantaban pinos y que por ser una actuación de origen antropogénico tampoco residía mayor importancia. Yo les insistí en que la actuación era de dudosa realidad (en aquella época es lo más seguro) y que un puntito de vegetación mediterránea en el ya famoso en los corrillos “pasillo del Nervión” era una mera confirmación más. Pero su respuesta fue echarme en cara mi insolencia mediante una mirada suficientemente expresiva.

Con el paso del tiempo descubrí más plantas de entornos mediterráneos que medraban en la costa cantábrica, pero como ya sabía la respuesta, ni me molesté en decírselo a nadie.

Sin embargo un día por casualidad, me enteré de algo. Esos botánicos contumaces y luchadores se dieron un paseo por Monte Lucero. Un monte de singularidades e irregularidades botánicas donde las haya. Y allí descubrieron una planta. Unos cepellones perdidos en medio de otros cepellones casi semejantes. Pero allí estaba la Genista legionensis. Me dijeron que, locos de alegría, la demostraron de forma desaforada, como un gran descubrimiento, que una hermosa presentación así se merece.

¿Cual era la maravilla? G. legionensis es un endemismo del oeste peninsular, entre los montes de León, Asturias, Cantabria, Palencia y nuestra cita en Bizkaia. Ocupa entre los 1100 y 2200 metros de altitud. Pero en Bizkaia esta sobre unos 300.

Los botánicos contumaces y luchadores consiguieron que la citada planta se incluyera en los libros rojos de plantas de las zonas, y cuando se les preguntaba como es que una planta vive tan alejada de la población original tanto en distancias como en altura la respuesta es … un misterio. Nadie lo sabe, son cosas que suceden en la distribución de las especies, fuera de toda lógica.

Es verdad, está fuera de la lógica, pero siempre podemos contar con la acción antropógena. Veamos. No muy lejos de la ubicación de la genista hubo en su día una guarnición militar, artillería para la defensa costera. Asociado a las caballerias, o mulas, de la guarnición se explica la presencia de algarrobo (Ceratonia siliqua). ¿Tan imposible es que un soldado de los que pasaron por allí fuera de estas montañas dónde la genista vive en su hábitat y llevara semillas al lugar de la costa? No tuvo que ser de forma voluntaria. Barro en las botas, o pegado a la ropa, incluso dentro de los bolsillos. Las botas militares de la época eran famosas por su dureza y duración, y unos días de permiso, en los cuales se salió a buscar vacas, cuadran casi como el que más.

No sé cual es la razón por la que la genista llegó allí, pero si sé cual hubiera sido la respuesta a si, un bonatiquillo de tres al cuarto, se lo hubiera comentado a unos botánicos contumaces y luchadores.

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Acerca de ornitologia desde la ventana

Sólo soy una persona más de esas que ves por la calle. No deberías darte cuenta que estoy a tu lado, puesto que mi mediocridad es mi bandera identificativa. Si aún así quieres ponerte en contacto conmigo puedes hacerlo en ornitologiadesdelaventana@gmail.com
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